¿Quién Viaja Más, tus Alimentos o Tú?
En estas vacaciones navideñas, mientras planificamos nuestros merecidos descansos y consideramos los presupuestos necesarios para nuestros viajes vacacionales, es crucial reflexionar sobre el gasto inadvertido que generamos al hacer que nuestros alimentos viajen desde diversas partes del mundo hasta llegar a nuestra mesa.
Nuestros hábitos alimenticios han evolucionado rápidamente, y con ello, hemos construido una logística masiva para satisfacer nuestras nuevos apetitos culinarios. Tal vez hayas notado que, al explorar horas de recetas en Instagram o seguir programas de cocina que exhiben ingredientes novedosos, se ha vuelto común incorporar sabores de todos los rincones del planeta en nuestra dieta diaria. Sin embargo, el acceso a productos foráneos a menudo oculta la complejidad detrás de su trayecto hasta nuestras mesas.
Imagina la logística necesaria para que un salmón chileno o noruego llegue a tu mesa en la Ciudad de México o cómo la carne producida en Estados Unidos puede ser servida en un restaurante en Bogotá. Estas necesidades nos han llevado a construir una red logística enorme, diseñada para que, cuando finalmente disfrutes de ese exquisito plato, no te percates del extenso viaje que los ingredientes han tenido que emprender para llegar hasta tu boca.
A pesar de la facilidad aparente, el detrás de escena revela un costo ambiental y económico que rara vez tenemos en cuenta. La FAO informa que, en 2022, el gasto en transporte de alimentos alcanzó la asombrosa cifra de 1.3 billones de dólares, equivalente al PIB de naciones como Noruega, Arabia Saudita o Suiza. En este contexto, debemos preguntarnos si preferimos viajar nosotros o hacer viajar nuestros alimentos.
El indicador del "share of throat" (participación en garganta), que solía ser recurrente en los análisis en mi época como consultor para empresas de bebidas, ofrece una perspectiva interesante sobre cómo analizar el origen de los alimentos que consumimos a lo largo del año. Según datos de la FAO, en 1970, aproximadamente el 70% de los alimentos consumidos eran locales, mientras que el 30% restante correspondía a alimentos importados. Sin embargo, a medida que avanzamos en el tiempo, se ha producido un cambio impresionante. Para el año 2020, el escenario se ha invertido, con un 45% de alimentos locales y un 55% de alimentos importados. Es relevante señalar que esta transformación se manifiesta de manera más marcada en las economías desarrolladas, mientras que las economías en vías de desarrollo aún mantienen un consumo considerablemente alto de productos locales. Esta tendencia plantea una pregunta crucial; ¿qué tanto de los alimentos que pasan por mi garganta son importados? Creo que nos asombraríamos si lográramos conocer la respuesta.
Debemos reflexionar sobre nuestros hábitos alimenticios y reconocer el papel que desempeñamos en la cadena de suministro global. Trabajar de la mano como consumidores, cadenas de supermercados y productores locales nos permitirá reducir la necesidad de que los alimentos den la vuelta al mundo antes de llegar a nuestras mesas. En lugar de intentar traernos la cocina de todos los rincones del mundo, hagamos que sea una experiencia rica y especial disfrutar de la gastronomía local cuando viajamos, promoviendo la diversidad y la sostenibilidad en nuestros propios entornos, y veamos cómo podemos sustituir los alimentos importados por alimentos locales en nuestras recetas del día a día.
Diego Gallegos
CoFundandor VerdeSer
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